Correrse tirando de los pelos

Fogardo

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MANERAS DE CORRERSE TIRANDO DE LOS PELOS

La tetona se desboca, pero nosotros la tenemos bien agarrada por la mata de sus cabellos. Su melena se convierte en las riendas que regulan el trote mientras la embestimos por detrás. Y en un último tirón, jadeantes, vaciamos toda nuestra leche en lo angosto de su coño emparrado. Desde Babilonia hasta Grecia, desde Egipto hasta la Antigua Roma, los hombres sabios y buenos folladores siempre gustaron de juguetear con las cabelleras copiosas y perfumadas de las chicas. Una melena abundante, limpia, brillante y perfumada promete placeres tan salvajes que nuestra entrepierna serpentea solo de pensarlos.

Ya en la Edad Media, monjes y profanos se ponían cachondos al escuchar la historia de la modosa condesita Lady Godiva, que se aprestó a atravesar su aldea desnuda a fin de eximir de impuestos a los siervos de su esposo. Los lugareños, para evitar avergonzarla, pactaron encerrase en sus casas y dejar que pasara la diva, cuyo cuerpo protegía únicamente su rubia cabellera. Pero, quién no soñó alguna vez con espiar a Lady Godiva, atisbar sus redondeces que van de aquí para allá al compás del trote corto de su caballo. Verla recorrer las callejas empedradas, cubierta por esa inmensa melena ensortijada que se entromete entre los pliegues sonrosados de su conejito y roza los turgentes pezones al vaivén de la montura.

Nos gusta conocer a fondo cada uno de los paisajes caldeados que conforman la anatomía femenina. Existen mil y una maneras de disfrutar de su pelambre, pero hoy deseamos hundir la cara entre los espesos y deshilachados cabellos aromáticos, dejar que los largos mechones nos rodeen la polla y los cojones, que la cuna de nuestros placeres se meza embriagada, enterrada en vida entre esa lluvia dorada, oscura, tostada o pelirroja. Deseamos sentir como las puntas se internan en las estrecheces de nuestro ano limpito y sereno, para luego chuparlas y morderlas a nuestro cómodo antojo.

Nuestra chica, reina de la selva de los sentidos, se convierte en leona para recorrer las llanuras de nuestra epidermis enfebrecida, hasta apoderarse de nuestro rabo erguido a la vieja usanza. Es una felina en celo que gruñe mientras deja un riego de fluidos afrutados sobre las sábanas. Emprende la lucha cuerpo a cuerpo contra nuestro fortalecido glande gladiador. Su melena pasa a nuestras manos, la empuñamos en un moño para que nos la chupe a grandes sorbos, lentos y lujuriosos. Después le hacemos recobrar la posición a cuatro patas y nos escondemos en lo profundo de sus dos agujeritos posteriores. Entramos y salimos, nos internamos hasta lo más hondo de sus suspiros, tirando y aflojando las riendas de sus cabellos. Cuidando de medir cada cambio de ritmo y teniendo en cuenta que el vello más cercanos a la nuca es el que menos dolores le trae que gemir a la boca.

Finalmente, embarcados en esta lucha sin tregua, un último tirón de maestro inaugura la fuga de nuestros semen espeso hacia los recovecos de la grutita que estamos socavando. Si lo preferís, retardaremos la última sacudida, extraeremos nuestro sable bien lubricado, recuperaremos el nudo de los cabellos sudados de la leoncilla mojada, para acercar como un resorte su rostro a nuestras bolas. Menearemos su cabeza, adelante y atrás, y lograremos que nos acabe a bases de mamadas regulares. El baño de crema de leche amortiguara sus rugidos hasta reducirlos a dulces ronroneos de gatita satisfecha.

Por Johnny Laputta

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