La noche más loca de Santa Claus

Fogardo

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Detrás de esas barbas largas y encanecidas se esconde una virilidad a prueba de bomba. Papa Noel se mata a pajas todo el año con la única compañía de sus renos y sus enanos nórdicos. Pero en Noche Buena les trae a las chicas su mejor regalo: un polvo de primera.

“Querido Santa Claus. Este año me he portado la mar de bien. He trabajado mucho, he ayudado a mi familia, a mis amigos e incluso a los ancianos del asilo de la esquina. Con todo, apenas he tenido tiempo de hacer lo que más me gusta: follar. Por eso sólo te pido una cosa: UN BUEN POLVO que me haga volver a la realidad.”

Cientos de cartas tan cachondas como esta llenan las sacas que Santa Claus lee en su mansión perdida entre los abetos del gélido norte europeo. Las examina con avidez y sometiéndose a constantes tocamientos que convierten su nabo en un cilindro de carne resistente a las más salvajes sacudidas. Así, entre pajote y pajote, se monta su calendario mágico que le ayuda a programar la noche más movida de todo el año: Nochebuena.

No se trata de una noche de paz, pero en ella si hay mucho amor y, sobre todo, sexo por un tubo. Debido al pacto que hizo con el Buen Dios hace seiscientos años, a lo largo de la velada, Papa Noel no sólo consigue dilatar el tiempo a su lúbrico antojo, sino que también hace lo propio con todos los orificios penetrables de las exigentes remitentes. De otro modo no sería posible introducir en ellas esa tranca descomunal y tan bien surtida de leche.

Las buenas chicas, rellenan el consabido calcetín de lana con gruesos salchichones, turrones y queso que regeneran el contenido de las bolsas escrotales del viejete de las nieves. Y, debajo del árbol adornado con bolas y estrellas, esconden una buena botella de aguardiente o de vino tinto, que enciende, aún más, sus ansias de apareamiento. Y allí lo esperan, tumbaditas y patiabiertas en sus camas, con el conejito salivando zumillo de pura impaciencia y el ano más caliente que el corazón del Fujiyama.

Santa Claus se cuela por las chimeneas o por las ventanas de las hembras insatisfechas. Se zampa y traga los manjares y licores revitalizantes y, de un brinco, se cuela entre las sábanas perfumadas de las muchachas. Ellas encaran enseguida su polla tiesa, la lamen y chupan mientras él convierte su chocho y su ojete en un sorbete de dos sabores. Pero enseguida separan las piernas para ser empaladas por la verga del viejo, carnosa y roja como los mofletes de un angelote de Rafael. Las buenas chicas, rellenan el consabido calcetín de lana con gruesos salchichones, turrones y queso que regeneran el contenido de las bolsas escrotales del viejete de las nieves.

El falo roza una y otra vez las paredes de sus coños enloquecidos y luego cambia de puerta para enterrase hasta el fondo de su culo envaselinado. Aquí Santa Claus se comporta como si gobernara su trineo tirado por renos: fustiga las carnes de la jovencita, tira y afloja sus mechones desordenados y le hace adoptar todas las posturas posibles con tal de no dejar sin relleno hasta el último rincón de su ano adolorido y profundamente satisfecho.

Cuando Papa Noel se corre, se diría que redoblan las campanas: los borbotones espesos fluyen por un periodo nunca menor al minuto y medio, inundando las cavidades de las extasiadas homenajeadas que se bañan como jamelgas en el abrevadero. Las deja así, chapoteando en el charquito de sus delicias, felices como unas pascuas. Y se va con el placer de quién ve, un año más, su misión cumplida.

por Johnny laputta.

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