Anya Olsen

La hornada de pornstars nacida después de 1990 parece tener en común, en casi todos los casos, un rostro inapelablemente bello y en cierto modo natural. Es una generación de chicas guapas de una manera cercana, sin artificios y sin piruetas de maquillaje ni cosas extrañas. Una gran representante es Anya Olsen: su sonrisa es enorme, luminosa, y sus tremebundos ojazos azules la convierten en uno de esos casos fascinantes en los que, durante sus escenas, el pornófilo acaba observando con mucha más atención su delicioso gesto y su expresión estática que el resto su anatomía.

Por lo demás, Anya presenta el aspecto de una bailarina de ballet, un cuerpecito esbelto, firme y de un tono pálido hermosísimo que la hacen ideal para estilo como el glamcore o el gonzo de producción sofisticada como el de Greg Lansky en Blacked o Tushy. Allí ha rodado ofrecido sus mejores trabajos, aunque su base de fans también ha crecido gracias a otro punto en común de casi todas las starlets de su edad: un dominio preciso en el ámbito de las redes sociales como herramienta de promoción.

Su extrema adorabilidad es lo que le ha ayudado a erigirse entre una de las teens más prometedoras de la industria norteamericana, con nominaciones como mejor actriz revelación en los premios AVN y los XBIZ tras su primer año en el oficio, y un valioso ejemplo de que en el porno, por increíble que parezca, también trabajan personas normales y saludables.