Sexo lésbico

Fogardo

Por 1

¿Qué hacen las chicas cuando se quedan solas? Se llenan la boca de lametones, sopesan sus tetas, haciendo chocar los puntiagudos pezones. Unen ombligo con ombligo, entrelazando los muslos en un vaivén que les lleva directamente a una corrida espumosa que los machos de pelo en pecho jamás podrán disfrutar con tanto gozo.

Los antiguos griegos eran la mar de cachondos. A más de perfeccionar el noble arte de dar bien por el culo al prójimo, insuflaron vida a las ninfas que se perseguían de aquí para allá, hurgándose las cavidades del ojete y del chocho multiusos. También adoraban a Artemisa, la futura Diana, que pasaba cazando jornadas enteras, pues lo que más gustaba de hacer era esconderse entre los matojos, acechando a los conejitos jóvenes, menudos, peludos y pizpiretos, que no habían probado aún el néctar destilado por las viriles zanahorias.

Y en ese mundo envidiado y jamás igualado de lujurias orgasmáticas, destacó la figura de Tiresias, un hombretón que tras vivir una temporadita metido en la piel de una hembra retozona, confesó que el placer sexual que había disfrutado como mujer multiplicaba por nueve el mayor orgasmo que hubiera experimentado nunca como hombre. Las chicas saben disfrutar del buen follar mucho mejor que nosotros y tienen un botoncito entre las piernas que fue diseñado especialmente para darse sus hartones de gemir, temblar y mojar las sábanas haciendo la ola.

Cuando dos mujeres se juntan, el placer se multiplica, pues ambas conocen los secretos más recónditos del cuerpo que se abre ante su lengua húmeda y hacendosa. Los dedos buscan la lisura de los senos o de las nalgas castigadas por los mordiscos, las manos se internan en las cremosas cavernas del bajo vientre y los pies buscan las bocas lo mismo que las narices el chup chup de las almejas almibaradas.

Y al final llega el deleite supremo, postergado hasta la última súplica de la carne caldeada. Las vulvas se aparean, los pelajes se peinan mútuamente. Los chochos se abrazan en una sonrisa burbujeante. Los clítoris dilatados, eréctiles y vibrantes se frotan el uno con el otro en una doble uve de maravilla inglesa. Esos dos cuerpecillos carnosos se acarician frenéticamente como lóbulos ondulantes, cual simpáticas tijeritas que se abren y se cierran, lanzando señales que emergen de las bocas en forma de gemidos, cada vez más dulces e intensos, hasta culminar en un surtidor orgiástico de babillas venéreas. Salpicadas por su propio flujo, las rajitas pueden al fin descansar contentas, sin sentir nostalgia alguna de los menesterosos lecherazos que alguna vez les sacudió nuestro rabo rabioso de coraje.

Johnny Laputta

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Comentarios

  • salvador gerrero diaz

    k wapassom